lunes, 27 de mayo de 2013

SALAS DE ESPERA

SALAS DE ESPERA




         Acabo de recibir una carta de mi padrino de bautismo. Es una persona adorable, profundamente culta, y con ello aludo a su sabiduría para vivir desde siempre, e inmensamente entrañable.
A sus 94 años, me dice que solo podría soportar el presente si rescata del pasado todo lo mejor que ha habido en él. Cuando se tiene esta edad, el presente tiene un futuro muy corto, por largo que sea, y resistir la idea de la marcha solamente es posible con un pasado sólido y bien vivido. Entonces, es más sencillo conformarse con el momento al que hemos tenido la suerte de llegar.
A medida que avanzaba en la lectura de la carta, me iba dando cuenta de lo importante que es recibir aún estas joyas de papel. Su letra temblorosa, el cansado ritmo de sus palabras tras el último infarto y el imperioso deseo de seguir comunicándose me llevaron a pensar en lo tremendo que es estar en cualquier sala de espera.
La vida pasa muy deprisa y por larga que sea, siempre resulta corta. Estamos tan inmersos en el día a día que pareciese que acabamos de empezarla hace poco, pero nuestra biografía nos enseña los años que llevábamos a cuesta y sobre todo, las cicatrices que nos decoran.
Es delicioso poder llegar a la vejez con la lucidez mental plena y con el sentimiento de una vida suficientemente cumplida. Que nada de lo que nos apasione quede por hacer, que nada de lo que quisimos expresar haya quedado en el aire sin destinatario, que lo que gozamos sea el mejor equipaje y lo que amamos nuestro vehículo para que el viaje sea dulce y complaciente.
Las salas de espera, hasta ésta última, siempre nos enseñan a ser pacientes. Nos obligan a someter la prisa y a valorar cada instante ganado al tiempo de expectativa. Nos unen con los que están en circunstancias similares y entonces, las diferencias se borran.
Ansiosos por salir de ellas, ponemos en alerta a nuestro sistema defensivo y tratamos de ser benevolentes con nosotros mismos para no sucumbir a la impotencia de seguir esperando en un proceso que se dilata más de lo deseado.
Posiblemente, la sala de espera que nos lleva a la despedida final, sea la única de la que no queramos salir porque a pesar de los quebrantos de la vida, nadie quiere abandonarla. Sin embargo, estar en ella satisfecho de lo que hemos vivido atrás es un buen cojín sobre el que apoyar nuestra cabeza para seguir soñando aún el tiempo que nos quede.

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