lunes, 20 de mayo de 2013

‘Ya entendí qué es eso del amor de madre’ / Patricia Castañeda

Por: Redacción ALO

‘Ya entendí qué es eso del amor de madre’ / Patricia Castañeda

Anastasia no lloró, la que lloró fui yo al ver esa cosita tan pequeña, tan frágil, que me apretó el dedo desde el momento en que nació. Lloré de la ternura y de agradecimiento.

Patricia Castañeda

Foto: Hernán Puentes
Escuché su primer llanto a las 4:44, creo que desplegué la sonrisa mas honesta y más larga. Me la pusieron en el pecho, ella no se podía mover, así como la pusieron así nos quedamos; yo me podía mover menos, estaba anestesiada y dopada. Así estuvimos mirándonos horas, reconociendo a la persona que por nueve meses nos estuvo acompañando.
Y entonces el efecto de la anestesia claudicó y quién dijo dolor. En un segundo sentí un corrientazo que no cesó hasta cinco días después, en los que no podía ni hablar porque sentía que se me salía el alma. Toser no estaba ni medio contemplado. Y yo le decía a mi mamá que dónde estaba el amor del que tanto hablan las madres, si yo lo único que sentía era dolor desde el dedo del pie hasta la punta del pelo. Mi mamá me repetía que el amor de madre es poderoso, que todo lo cura. Pero yo miraba esa cosita tan pequeña, indefensa, y yo sin poder siquiera arrullarla. Me puse furiosa en silencio con los dioses… cómo es posible que en el momento en debe estar uno más fuerte es cuando más débil se encuentra.
Yo veía que todos la cargaban y se reían con ella, menos yo, yo no me podía parar de la cama. Que tiene gases, no, que tiene sueño, no, que tiene hambre.
Mi mamá tiene razón, ¡es totalmente cierto! Lo que dice la mamá, lo que dijo la abuela, lo que dijo la hermana: no hay amor más fuerte que el amor de madre. Al primer susto salté de la cama casi como un elástico hasta el moisés y la cargué de inmediato. Que es un gas, no, que tiene hambre, que es sueño, que está ahogada… Fuera lo que fuera, yo la abracé contra mi pecho, sentí su cabecita en mi pecho pisando mi corazón, sus manitas agarraron mi pelo, se tranquilizó, se entregó de lleno a mí. Es como si me dijera que solo en mis brazos se sentía relajada.
No lloraste, Anastasia, no lloraste aun cuando yo no podía pararme para arrullarte. No lloraste cuando no tenía leche por la fiebre. No lloraste, solo mirabas a tu alrededor medio enfocando. No lloraste porque estábamos conectadas y sabías que en ese momento en el que sentí el primer escalofrío de que algo te pudiera suceder, descubrí que yo doy la vida por ti, que hago lo imposible porque estés tranquila, cómoda y sana.
Fue en ese momento cuando entendí que soy mamá, que hay una niña hermosa que depende en su totalidad de nosotros, que soy responsable, que fue la mejor decisión que he tomado en mi vida, que despertarme a la una, a las tres, a las cinco para darte de comer, el tener la espalda afligida, todos los músculos nuevos que no había movido antes, atrofiados; no importa, soy feliz de verte sonreír, de escuchar esos sonidos extraños que haces, de cambiarte el pañal a la media noche, de mirar cómo te chupas la mano, de bailarte cargada horas enteras para que duermas, de ver esa mariposa que se te paró en la cara, de darte jugos locos todos los días, de sacarte gases, de jugar al avión, de ver cómo le sonríes a Claudio. Soy feliz porque siento que tú y yo hablamos. Y cuando llego del trabajo, voy corriendo feliz a tus brazos a cogerte a besos, a decirte que te amo, que tenemos una familia hermosa, que somos tres para tres, que amamos ser tus padres.

Gracias, Anastasia

Este artículo hace parte de la edición de la Revista Aló del 17 de MAYO de 2013.
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