lunes, 10 de junio de 2013

UNA ESCUELA DE VIDA

UNA ESCUELA DE VIDA




         Hay algo que no entiendo. Frecuentemente leemos que lo que no nos gusta de los demás son aspectos débiles aún no superados en nosotros mismos. No termino de entenderlo.
         ¿Se trata de la rabia que produce reconocer en otro lo que no te gusta de ti? ¿Por qué a mí me parece todo lo contrario? ¿De qué forma lo que tanto rechazo no soy capaz de advertirlo en mi forma de proceder?.
         No es fácil respetar las diferencias, sobre todo si esas diferencias implican convivir a su lado. Todos procedemos de una biografía particular y somos, en muchas ocasiones, víctimas de víctimas. Cada uno hemos pasado nuestra particular historia al pie de los caballos y todos guardamos nuestros fantasmas en el interior de nuestra azotea. Espectros que a medida que pasa el tiempo vamos conociendo mejor y que incluso pueden llegar a ser amigos.
         Sin embargo, nuestros fantasmas en raras ocasiones saben convivir con los de los demás. Están tan ajustados a las paredes de nuestra casa que no saben deambular por las ajenas y cuando todos salen de paseo suelen chocarse.
         No entiendo que hay en mí de lo que rechazo en otros.  En principio suelo ser tolerante y respetuosa. Suelo tratar de caminar con los zapatos del otro e incluso dejar que me lleven atrás en el tiempo para entenderlo mejor. Intento entender y si no lo consigo, al menos no imponer lo que a mí me emociona, me ilusiona o me engancha. Me limito a ser y con eso es suficiente.
         Este fin de semana he estado leyendo un excelente libro de J. A de la Marina “La inteligencia Ejecutiva”. Lo necesito porque no es fácil pasar de la teoría a la práctica y porque el análisis computacional de la mente humana no necesariamente trae consigo una ejecución adecuada y rápida.
         Muchas veces pienso que debería haber una escuela que nos enseñara a vivir desde los ejercicios de “Casos”. Sería una especie de ensayo de la vida misma. Un aprendizaje utilísimo en ejercitar la memoria rápida, de advertir el peligro urgente, de solucionar problemas sorpresivos o de valorar dónde están los puntos débiles en una situación.
         No sería a vida misma, con su multicolor riqueza de situaciones y sensaciones, pero a base de jugar a la vida la podríamos llegar a entender de forma más operativa.
         Es un poco semejante a lo que hacen los niños cuando comienzan a descubrir el mundo. Se trata de jugar al ensayo y al error. De simular casos, profesiones y roles. De poner normas a la realidad sin límites que viven y de esta forma, poder con el duro ejercicio de encorsetar la mente, el espíritu y el alma en estas dimensiones espacio temporales con las que la existencia nos limita aquí en la tierra.
         Una escuela de la vida que no tendría fin porque sin duda uno nunca aprende del todo y por muy mayor que se sea aún ésta nos termina sorprendiendo cada día.
         Estoy segura que me pondría la primera de la fila para ensayarla antes de vivirla, con lo que al menos entraría en ella con la sensación de continuar un juego. Y eso, sin duda, evitaría muchos de sus dramas porque también nos parecerían ilusorios.

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