jueves, 4 de julio de 2013

EL PODER DE ELEGIR

EL PODER DE ELEGIR



         Todos nacemos con el mismo velo o al menos con uno. Es difícil encajar los cambios que la vida va trayendo desde que pasamos de la comodidad del afecto materno a la dureza de la vida cuando son otros quienes tienen que valorarnos y exigirnos.
         Hemos aprendido lentamente, unas veces, y de golpe, otras, pero en cualquier caso con caídas y tropezones de los que no se nos ha olvidado su sabor. La dulce inocencia con la que comenzamos nuestros primeros pasos se va perdiendo en el camino mientras  izamos los pies del alma, pero sobre todo cuando colgamos sus vestidos del corazón de los demás.
         Siempre tenemos la posibilidad de elegir. Esa lección también se va gravando en nuestro modelo de comportamiento. Poco a poco y con el tiempo, nos damos cuenta de que no podemos dejar de sentir los afectos que nos invaden al encontrarnos con otras gentes pero sí aprender a gestionar las emociones que nos provocan.
         Quiero pensar que los condicionamientos que parecen limitarnos pueden ser transformados por la voluntad, por la creencia en nosotros mismos y por la fe en lo que somos desde siempre y en lo que podemos ser a cada instante. Quiero intuir una forma de serenarnos que mora en nosotros y está a nuestro favor siempre. Un don que nace con nuestra persona y evoluciona siempre hacia la mejora cuando se ejercita: el saber reconducir lo que duele encontrando en ello el mejor mensaje que nos ayude.
         Si no pudiésemos elegir, la vida no tendría sentido. Perdería su frescura. Es la posibilidad de equivocarnos lo que nos va a permitir saborear los laureles del éxito cuando toque. Es, precisamente, la sensación de dudar entre varios senderos lo que somete al corazón a un lifting con el cual siempre es joven.
         Las seguridades excesivas siempre están ligadas al cansancio. Uno no quiere riesgos cuando no quiere ganar nada, ni tampoco perderlo. Con el tiempo, nos vamos dando cuenta de que lo peor es caer en un estado plano en el que todo de igual, nada importe en exceso y la vida adquiera un tono indefinido en el que si no se ve mucho, tampoco está oscuro del todo.
         Se dice que en el medio está la virtud pero no es del todo cierto cuando lo que está en juego es el envejecimiento del alma. Porque en definitiva, lo importante no es lo que nos prometemos a nosotros mismos, sino lo que cumplimos de ello. Eso es lo que nos hace verdaderamente poderosos.
         Una vez más creo en el poder de elegir y en la conveniencia de equivocarnos. Una vez más, apuesto por la vida de sabor de menta, de olor a hierba recién cortada y del color de las nubes.
         Una vez más me digo a mi misma que he venido aquí para experimentar y que eso siempre conlleva un riesgo, el de apostar por ser feliz día a día.

No hay comentarios:

Publicar un comentario