martes, 2 de julio de 2013

Por: Jaime Jaramillo Nuestra real vocación de padres / Jaime Jaramillo

Nuestra real vocación de padres / Jaime Jaramillo

Cuando se acerca la celebración del Día del Padre me llegan muchos pensamientos acerca de lo que verdaderamente significa serlo…

Nuestra real vocación de padres / Jaime Jaramillo

Foto: Hernán Puentes
Por un lado, pienso en mi padre, Jaime, quien ha sido un verdadero ejemplo inspirador de perseverancia, tenacidad, paz y amor incondicional; pienso en mi hijo Esteban, quien ha sido un padre espectacular lleno de amor, totalmente dedicado y entregado a sus dos hijos y con muchos sueños por cumplir, y pienso en aquellos jóvenes egresados de la fundación Niños de los Andes, quienes hoy después de haber redescubierto sus vidas y de haber encontrado el amor, la paz interior y la alegría en su corazón, tienen hermosos hogares llenos del amor que ellos no recibieron.
La tarea de ser padre no ha sido enseñada por ninguna escuela, ni hay clases especiales para convertirse en buen padre, sino que es algo que nace del corazón y que se desarrolla y construye a medida que pasan los años. Por eso, cuando un hijo llega a la adolescencia y comienza a tener su propia autonomía y sus ideas empiezan a tener peso dentro del hogar, se originan en muchos casos resistencias y discusiones entre padres e hijos.
Existen muchos padres que, sin darse cuenta, piensan que sus hijos los aprecian por las cosas materiales que les dan y creen que así pueden suplir el amor y la dedicación que sus hijos quisieran tener. Y para justificarse siempre dicen que lo importante es la calidad de tiempo que pasan con sus hijos y no la cantidad, cuando realmente las dos son importantes.

En una ocasión, un padre que tenía mucho dinero y veía que su hijo no valoraba todo lo que le daba, ya que entre más cosas y plata le regalaba su hijo más gastaba, se ideó un plan para tratar de despertarlo de su inconsciencia: decidió irse con su hijo un fin de semana al campo, a compartir con una familia muy humilde y de escasos recursos económicos. El padre, a pesar de que sabía que tendrían que soportar durante esos días todo tipo de incomodidades, también sabía que era la única forma de que su hijo entendiera, apreciara y reflexionara un poco acerca del tema.
Padre e hijo estuvieron compartiendo las comidas, los oficios y las conversaciones durante el fin de semana con todos los miembros de esa familia. Al regresar a casa, el padre, al ver que el joven no comentaba nada ni se quejaba de nada, asombrado le preguntó: ¿Hijo, cuéntame qué piensas de cómo vive la gente pobre? Y el niño sonriendo le dice: “Papá, me gustaría saber a qué te refieres con gente pobre, si los que realmente somos pobres somos nosotros”. El padre, sin entender lo que su hijo le decía, le cuestionó: ¿Cómo así? ¿A qué te refieres con ese comentario? Sí, papá, le contesta el joven: “Si tú ves, ellos en lugar de tener piscina, tienen un arroyo de plata de agua pura y cristalina que atraviesa por el lado de su casa; en vez de lámparas eléctricas tienen las estrellas iluminando su hogar y en vez de un televisor y un computador, poseen un espacio abierto hermoso para ver y observar las montanas y el sol al amanecer y el atardecer, cambiando de color permanentemente; y lo mejor de todo: tienen padres que los aman y siempre tienen tiempo para ellos y para compartir. ¿No crees tú que eso sí es apreciar la vida? Por eso pienso que ellos no son pobres, sino que los pobres somos nosotros”.  El padre quedó totalmente sorprendido por lo que su hijo le estaba diciendo y nunca imaginó que aquello que pensó sería una lección para su hijo, se hubiera convertido en su propia lección de vida.
Recuerda que uno de los errores más frecuentes de nosotros como padres es no escuchar a nuestros hijos y querer imponerles nuestras creencias, aunque estas en muchos casos no sean verdad, o son creencias basadas en un miedo enmascarado o  envueltas en nuestra propia comodidad.
Por eso, lo importante en este camino de ser padres es estar atentos, dispuestos a cambiar, a autoevaluar la manera en que tratamos a nuestros hijos, a mirar cuáles son las prioridades en la relación con ellos. Lo importante es entender que todos nos equivocamos y que debemos aprender de nuestros errores, ya que allí es donde está la verdadera sabiduría.

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