lunes, 1 de julio de 2013

Tu presencia me envuelve.....El ermitaño y el rey

Tu presencia me envuelve
Buenos días, amigo/a.
Cuando san Pablo habló a los atenienses en el Areópago, al referirse a
Dios expresó que en él “vivimos, nos movemos y existimos”. Es una
verdad de nuestra fe que Dios está en todas partes  y, por lo tanto,
su presencia nos envuelve y penetra enteramente. En una valiosa
oración, Mons. V. Fernández te ayuda a meditar esta realidad. Saca de
ella fuerza que restaure tu vida.
Señor, tú eres vida, tú eres necesario para mí como el aire que
respiro. Te doy gracias por el don de la vida, porque es maravilloso
existir. Te adoro, Señor, porque así como el aire me rodea y penetra
en mí, así también estoy rodeado por ti, me envuelves con tu
presencia, lleno de vida y de alegría, me penetras con tu gracia y me
transformas con tu presencia. Y junto con el aire que sale de mis
pulmones, llévate todo lo que no me hace feliz, arroja fuera de mí
toda impureza espiritual, expulsa todas mis angustias y tristezas,
todos mis rencores y malos recuerdos, todo egoísmo y toda mala
intención. Llévate todo, Dios mío, y déjame sólo tu gracia, tu vida.
Quédate tú invadiendo todo mi ser y reinando en mí con tu gozo en
medio de mis tareas. Amén.

Con los ojos cerrados, respirando lentamente, repite varias veces al
espirar el aire de tus pulmones: “Llévate, Señor, mis angustias y
tristezas, mis rencores y egoísmos”;  y luego al inspirar el aire,
añade: “Lléname, Señor, con tu gracia y fortaleza, con tu paz y
alegría”. Te deseo de corazón un día de mucha paz. P. Natalio.


El ermitaño y el rey

Buenos días, amigo/a
Aquí te presento una extraña anécdota: un ermitaño que se considera
más rico que su rey, dueño de un palacio lujosísimo, con una
servidumbre innumerable, el mayor terrateniente del país, que dispone
de carruajes y animales a su antojo. ¡Un sátrapa! ¿Por qué el hombre
solitario y pobre insiste en que su riqueza es mayor que la de este
riquísimo rey?
Un viejo ermitaño fue invitado cierta vez a visitar la corte del rey
más poderoso de aquella época. —Envidio a un hombre santo como tú, que
se contenta con tan poco, comentó el soberano. —Yo envidio a su
Majestad, que se contenta con menos que yo, respondió el ermitaño
—¿Cómo puedes decirme esto, cuando todo el país me pertenece?, dijo el
rey, ofendido —Justamente por eso. Yo tengo la música de las esferas
celestes, tengo los ríos y las montañas del mundo entero, tengo la
luna y el sol, porque tengo a Dios en mi conciencia. Su Majestad, sin
embargo, sólo posee este reino.

San Francisco de Asís, afirmaba: “Mi Dios y mi todo”. Supo hacer un
camino de desapropiación que lo vació de lo caduco y pasajero. Y Dios
llenó ese vacío ampliamente. Lo comprobó san Agustín: “Señor, nos
hiciste para ti; y nuestro corazón andará inquieto hasta que no
descanse en ti”. El ermitaño era un sabio que gozaba de la creación en
Dios, sin apropiársela. P. Natalio.

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