martes, 13 de agosto de 2013

LA SOLEDAD DEL SUFRIMIENTO

LA SOLEDAD DEL SUFRIMIENTO



El sufrimiento casi nunca atrae compañía. La gente no quiere estar mal y ni siquiera estar cerca del malestar. No solo nos pasa a los ciudadanos de a pie. Políticos, reyes, personajes del mundo del cine, alta sociedad y todo tipo de personas, sufrimos lo mismo. Es algo que no diferencia clases sociales, ni economías, ni respeta ninguna, en general, ninguna condición.
Pareciese que los disgustos se pegasen a la piel y que el dolor pudiese saltar de una persona a otra con tanta facilidad que tuviese el poder de invadirnos como una gripe.
En esos momentos uno aprecia a las poquísimas personas que están a tu lado y agradece, desde lo profundo del corazón, su presencia. Tal vez porque esta compañía no es más que una moneda de cambio y dónde se instala hoy el dolor mañana puede embargar la alegría y ser nosotros los que podamos ayudar a otros a aliviar sus penas.
Hay un librito muy útil de Mª Jesús Álava Reyes que seguramente muchos conoceréis, que se titula “La inutilidad del sufrimiento” que os recomiendo leer a quien no lo haya hecho ya, incluso quienes lo hemos leído, debemos releerlo frecuentemente.
El sufrimiento no tiene límites. Puede empezar por ser insignificante y a penas rozarnos, pero también puede aliarse con el pensamiento tóxico y desmesurarse. A veces, adoptamos una postura tan absurda, cuando sufrimos, que incluso adoptamos el sufrimiento como huésped perpetuo de nuestra casa. Y lo peor, le hacemos nuestro mejor amigo.
Lo que nos duele nos sirve siempre. Aprendemos de ello en todos los sentidos. No solo recogemos, si somos inteligentes, el mensaje del suceso, sino que también nos da la oportunidad de reconocernos en la desgracia, de saber a dónde podemos llegar con nuestras fuerzas y a analizar nuestra capacidad regenerativa.
Recuperar la ilusión es un derecho que nos asiste a toda persona, pero también un deber absoluto para seguir siendo la pieza de este gran puzle que es la humanidad del que formamos parte.
Estoy segura que hemos venido aquí para aprender a ser felices. En ello estamos cada día, pero hay baches, hay piedras, hay nubes y nieblas que a veces parecen desviarnos del camino.
Reinventarse siempre tiene un sabor dulce al final de todo. Nos pone frente a nuestra propia grandeza, esa que a veces ni sabemos que vive en nosotros.

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