jueves, 19 de septiembre de 2013

EL PESCADOR Y SU ESPOSA

EL PESCADOR Y SU ESPOSA

Una vez había un pobre pescador, pescando con su caña a la orilla del mar.  De pronto sintió que la cuerda se hundía con mucha fuerza, tiró de la caña y sacó pegado del anzuelo, a un precioso pez dorado.   En el momento en que el pescador cogía el pez con sus manos, oyó con asombro que el pez le decía:
-    Escucha pescador, no me mates. Yo no soy un pez de verdad; soy un príncipe encantado. Déjame volver al agua y algún día yo podré hacerte grandes favores.
-    No digas más -dijo el pescador- te dejaré ahora mismo. No quiero tratos con peces que hablan. Y el pez dorado volvió al agua y desapareció.

El pescador volvió a su cabaña y le contó a su mujer todo lo que le había pasado y las palabras que el pez le había dicho.  La mujer, que era bastante avariciosa, le preguntó con mal genio:
-    Y tú, tonto, ¿no le pediste nada? -    ¿Qué querías que le pidiera?
-    ¡Es que no te has fijado en esta cabaña tan miserable en la que vivimos? Anda, vuelve y dile al pez que deseamos una buena casa.
El pescador volvió de mala gana a la orilla del mar solo por complacer a su mujer, y dirigiéndose al agua dijo: -    Pececito dorado, mi buen amigo, ¿quisieras concederme lo que te pido?

El pez asomó la cabeza al momento y preguntó: -    ¿Ya estás de vuelta? ¿Qué es lo que deseas? -    Mira, mi mujer me ha dicho que te pida algo.  Ella no quiere vivir en nuestra choza y desea una casita de campo.
-    Está bien. Vuelve a tu casa. -dijo el pez.
Cuando el pescador llegó a su casa, encontró la choza convertida en una preciosa finca con jardines y árboles frutales, con toda clase de comodidades.   El buen hombre abrazó a su mujer contentísimo, pero al cabo de unas semanas, la mujer le dijo:
-    Mira, tenemos tantos animales, que ya esta casa y estos patios y jardines resultan pequeños. Sería mejor para nosotros un gran castillo. Anda y pídeselo al pez.

El pescador se fue al mar de mal humor, solo por complacer a su mujer, y cuando llegó a la orilla dijo: -    Pececito dorado, mi buen amigo, ¿quisieras concederme lo que te pido?
El pez apareció como la vez anterior:
-    Ya estoy aquí. ¿Qué es lo que quieres? -preguntó. -    Mira, querido príncipe, yo lo siento mucho, pero mi mujer quiere vivir en un gran castillo. -    Vuelve a tu casa - dijo el pez- y tu mujer estará contenta.

Cuando el pescador llegó a su casa, entró en un soberbio castillo de piedra con grandes campos, grandes salones y muchos criados. La mujer estaba vestida como una gran dama.   Aquella noche se durmió tranquilo, con la seguridad de que su mujer se sentiría completamente feliz, pero por la mañana muy temprano, su mujer lo despertó y le dijo:
-    Anda, levántate pronto. He pensado que tenemos que llegar a ser los reyes de este país. Anda y díselo a tu amigo. -    Pero, mujer - contestó el pescador-. ¿no ya tienes bastante? A mí no me gustaría ser rey.
-    Yo sí quiero ser reina. -dijo la mujer-. Haz lo que te digo y no seas perezoso.
El pobre hombre se puso en camino, muy triste porque su mujer nunca estaba satisfecha. Cuando llegó a la orilla del mar, llamó como siempre:
-    Pececito dorado, mi buen amigo, ¿quisieras concederme lo que te pido?
-    ¿Qué es lo que quieres ahora? -dijo el pez-. -    Mira, perdóname, pero mi mujer quiere ser reina. -    Vuelve a tu casa -dijo el pez-.

Al llegar a su casa, el pescador vio a su mujer en un palacio, sentada en un trono de oro, rodeada de servidores y de nobles de !a corte.
-    Mujer, ya eres reina -dijo el buen hombre-. Supongo que ya estarás contenta. -    Pues mira, mientras tú regresabas, me he cansado de ser reina y he pensado que me gustaría más ser emperatriz.  Anda y pídeselo a tu príncipe encantado.
-    Pero eso es imposible. ¿Qué va a pensar de nosotros? -    No hables más. Tienes que ir, porque yo soy la reina y te lo mando.
El pobre pescador volvió a la orilla del mar y llamó otra vez, con voz apagada por la vergüenza:
-    Pececito dorado, mi buen amigo, ¿quisieras concederme lo que te pido? -    ¿Qué es lo que quiere ahora tu mujer? -preguntó el pez. -    Ahora se le ha metido en la cabeza ser emperatriz.
-    Vuelve, que ya es emperatriz.
Al llegar a su casa, el buen hombre vio a su mujer con una corona de cerca de dos metros de alto en la cabeza.
-    ¿Ya estarás contenta? -le preguntó-.
-    Sí, creo que sí. Ya soy emperatriz.
Pero a la mañana siguiente, en cuanto la mujer se levantó, miró por la ventana llena de sol, llamó a su esposo y le dijo:
-    Soy emperatriz, pero no puedo disponer que salga o no salga el sol.  El sol sale sin mi permiso, y eso no me gusta. Ve a decirle a tu amigo que quiero mandar en el sol y en la luna.
-    Pero ¿estás loca? Eso es imposible, ¿qué dirá el pececito de nosotros? -    No hables más y haz lo que te ordeno.

El pobre pescador se sintió tan desgraciado, que echó a andar casi sin darse cuenta de lo que hacía. Llegó a la orilla del mar y llamó con voz llorosa: -    Pececito dorado, mi buen amigo, ¿quisieras concederme lo que te pido? -    ¿Qué es lo que quiere ahora tu mujer? -preguntó el pez-.
-    ¡Ay!, amigo mío, ahora quiere ser señora del sol y de la luna. -    Vuelve a tu casa, pobre amigo. Ya verás lo que se merece la soberbia de tu mujer.
A su regreso, el buen pescador encontró a su mujer en la puerta de la cabaña donde habían vivido siempre. Y allí continuaron viviendo.

Hermanos Grimm   
 
Un Abrazo, que Dios te bendiga, te muestre su rostro, te sonría y permita que prosperes en todo, y derrame sobre ti, muchas bendiciones de Vida, Paz, Amor, y mucha Prosperidad; 
 
       
          
Beatriz
Medellín - Colombia
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