jueves, 24 de octubre de 2013

OPTIMISTAS REALISTAS

OPTIMISTAS REALISTAS


Hoy hemos debatido en clase acerca del optimismo y su contario, el pesimismo. Todo el mundo quisiéramos encontrarnos entre los optimistas porque parece que el concepto lleva un valor añadido sobre la calidad y calidez del sentimiento grato que aporta. Sin embargo, el optimismo puede sobrevalorar las posibilidades y redimensionar los logros de forma que se quede en puro idealismo o en poética interpretación de la realidad.
El optimismo sirve como factor de motivación. Quién lo posee se siente fortalecido ante las adversidades y trata de encontrar una razón favorable dentro de los males que puedan llegar. Se encuentra con la necesidad de derribar barreras y descubrir lo positivo entre lo negativo, el bien sobre el mal y la claridad sobre la oscuridad. Se puede observar a sí mismo como una inagotable fuente de dinamismo y un continuo sonreírle a la vida, lo que no quiere decir que con ello también esté obviando otros factores de protección ante la adversidad de los que dispone el pesimista.
Hace algún tiempo, antes de  instalarse en nuestra cultura la moda de la felicidad perpetua a cualquier precio, los pesimistas tenían hasta buena fama. Se trataba de ver el vaso medio vacío pero con agua que sabía bien. Era como estar preparado para asumir las consecuencias de la fatalidad, una especie de premonición que reducía el impacto de la misma cuando llegaba. Era una autodefensa contra el mal. Una especie de escudo preventivo que ayudaba a poner los pies en el suelo y a bajarse de las nubes.
Los optimistas, sin embargo, parecían estar siempre en un mundo irreal, una especie de limbo al que acudían solamente los inconscientes y algún bohemio sin remedio que no tenía ninguna intención de soportar los avatares de la vida diaria, encerrándose en un mundo de imposible vigencia real.
El punto medio aristotélico es sin duda una zona llena de virtudes. Ser optimista realista es la mejor opción. Se trata de encarar el día a día con una actitud de apertura y flexibilidad, esperando lo mejor de cada momento para que la denominada “Ley de la Atracción”  del universo, se alinee con nuestro sentimiento y nos entregue lo que esperamos.
Por otra parte, el optimista realista siempre tiene los pies en el suelo y la cabeza sobre los hombros. Es capaz de verlo todo, de analizarlo y despejar lo que resta y no suma. Es, en definitiva, una especie de pieza reina de ajedrez que se mueve por todos los lados y consigue seguir con entusiasmo en la realidad que le toca vivir sin enredarse en los miedos, la fatalidad o el dramatismo. Porque entiende que al fin y al cabo, dentro de muy pocos años, nada de lo que hoy nos preocupa, tendrá sentido y que la mejor opción para seguir es creer en uno mismo y en el poder de superación que todos tenemos.

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